quarta-feira, 27 de maio de 2009

rubens

Rubens
Voz: Cássia Eller
Composição: Mário Manga

Eu nunca quis te dizer
Sempre te achei bacaninha
O tempo todo sonhando
A tua vida na minha

O teu rostinho bonito
O jeito diferentão
De olhar no olho da gente
E de criar confusão

O teu andar malandrinho
O meu cabelo em pé
O teu cheirinho gostoso
A minha vida de ré-é

Você me dando uma bola
E eu perdido na escola
Essa fissura no ar
Parece que eu vô correndo
Sem vontade de andar

Quero te apertar
Quero te morder,me dá
Quero mas não posso,não,porque:
Rubens!!Não dá!
Agente é homem
O povo vai estranhar
Rubens!!Para de rir menino
Se a tua família descobre
Eles vão querer nos engolir

A sociedade não gosta
O pessoal acha estranho
Nós dois bricando de médico
Nós dois com esse tamanho

E com essa nova doença
O mundo todo na crença
Que tudo isso vai parar
E a gente continuando
Deixando o mundo pensar

Minha mãe teria um ataque
Teu pai,uma paralisia
Se por acaso soubessem
Que a gente transou um dia

Nossos amigos chorando,
A vizinhança falando,
O mundo todo em prece
E quando agente passeia,
Agente só esquece

Quero te apertar
Quero te morder,bixa
Só que eu sinto uma
Dúvida no ar:
Rubens!!Será que dá?
A gente é homem
O povo vai estranhar

Rubens!!Pára de rir
Se a tua família descobre
Eles vão querer nos engolir

Rubens!!Eu acho que dá pé...
Éh!!
Esse negócio de homem com homem,
Mulher com mulher
Hã!!

quinta-feira, 7 de maio de 2009

MI ASIENTO EN EL TRANVÍA - DANIEL SUEIRO

MI ASIENTO EN EL TRANVÍA


Los días son más largos, ahora, cerca ya del verano y el viaje de vuelta lo hago aún con sol, sean las siente o las ocho de la tarde.

No hay cosa que más me guste en el mundo que estos viajes en tranvía, con sol. Hasta voy al trabajo con ganas, y me olvido del cansancio cuando vuelvo.Es lo que pasa, cuando hay un aliciente en la vida.

Sentado en tu asiento, sin hacer caso de nada, con la frente pegada al cristal y el sol que te calienta, así vas, mirando las casas y las aceras, los árboles, las glorietas, todo lo que pasa en la calle, las puertas de los bares, los coches, las disputas, la gente; todo eso moviéndose o quito, todo al sol, mientras tú pasas de viaje y disfrutas tu buena horita de tranvía todos los días.

¡La de excursiones y viajes de placer, la de vueltas al mundo que yo he dado en el tranvía, jo…!

Te haces a la idea y te parece que vas de gira, en vacaciones, por sitios desconocidos y ciudades nuevas… Eso es lo que a mí me pasa, por lo menos; es que ya sé adónde puedo llegar, yo no me engaño, estando como están las cosas.

No se puede tener prisa, tampoco, porque el tranvía tiene su recorrido fijo y su velocidad. Yendo en tranvía no vas a llagar a Pamplona; y si vas en un 14, tampoco esperes llegar al final del 61. Ir en tranvía no es como ir en avión, ni siquiera en coche, así que mucha clama. Yo disfruto plenamente en el tranvía, porque me abandono y no pienso en nada ; sólo sé que aquello tiene unos raíles y un tiempo para llegar. No se le puede meter mas prisa, con que yo, aunque vea que se me hace tarde, no me impaciento y sigo tan tranquilo.

Ahora, a mí me gusta ir sentado.

No creo que eso sea pedir gollerías. Yo no me meto con nadie y espero, pero quiero ir sentado en un asiento, a ser posible a lado de las ventanillas.

Si a uno le van a quitar encima esta expansión…

Mil veces me tengo levantado temprano sólo para coger un buen sitio en la cola y poder ir sentado, como lo digo, tomar el sol y mirar por los cristales. Es que estos viajes, si no los haces sentado, pierden mucho. No es lo mismo, vas incómodo y además te distraes de lo tuyo; el trayecto se te hacer larguísimo, parece que no llegues nunca y te irritas.Sentado y sin hacer caso es otro cosa.

Me levanto muy temprano y espero en la parada que hay mismo delante de mi casa a que se meta toda la gente y dejo pasar a todos los tranvías que van llenos.

Mi madre ya me lo dice, cuando me oye madrugar tanto.

- Pero ¿Por qué te levantas tan pronto, hijo?

Total ya estoy despabilado.

- ¿adónde vas a estas horas?

Y adónde voy a ir, digo yo.

- ¿no andarás en algún mal paso, hijo?

- No, madre – Le digo, por el pasillo casi a oscuras-, yo aspiro a una cosa en la vida: a ir sentado en el tranvía. Eso que no me lo quiten. No me parece mucho ¿no?

- ¡Qué juventud esta…! – oigo murmurar a mi pobre madre-. Tu padre iba al trabajo andando…

Vuelve a preguntarme luego:

- Y para ir sentado en el tranvía ¿ has de levantarte tan temprano?

- Sí- Le grito-. Hay mucha gente que quiere ir sentada… Yo no me peleo con ellos y los dejo pasar. Sólo me siento cuando quedamos pocos y hay asientos bastantes.

Y añado al cabo de un rato, riendo y con la boca llena:

-Aún así llego tarde al trabajo, a veces…

Y ella no sé si se echa a llorar, porque estas cosas parece que no las entiende.

Pero, claro, el tranvía que pasa casi vacío cuando yo lo cojo (después de dejar pasar media docena de ellos), también acaba por llenarse, muchas veces un par de paradas más allá, con toda la gente que espera.

Yo tomo el sol y contemplo la calle, mientras viajo, sentado en mi asiento, procurando no mirar a la gente que va dentro del tranvía ni hacer caso de ella. Cada uno de estos que van a mi lado, si pudieran, me quitarían mi asiento para sentarse ellos; me echarían de él a la fuerza, me arrojarían incluso del tranvía en marcha con tal de dejarles libre mi asiento.

A ninguno le he pedido nada, ni he pensado aún en quitarles nada de lo que ellos tienen, pero desde luego mi asiento en el tranvía no se lo dejo.

No los miro, pero sé que me rodean amenazadores y cada vez más irritados. Algunos adoptan actitudes lastimeras, ponen cara de cansancio, de dolor, de desmayo; suspiran, se quejan, se remueven incómodos y abatidos, como si fueran a caerse al suelo y morirse si yo no les dejo mi asiento. Otros evidencian claramente su despecho y su rabia al dejarse caer sobre mí en las vueltas que da el tranvía, al pisarme, al meterme los codos. Hombres y mujeres que me vigilan y me acosan como si yo fuera un delincuente o estuviera usando algo que no me pertenece, que les he arrebatado. ¡Ja, ja, me da la risa!

Además, ellos pensarán:

- Habráse visto, qué atrevimiento…

- Ya no hay respeto ni educación.

- Este desastrado, sentado en un asiento.

- De buena gana lo levantaba y le sacudía.

- No, si las personas decentes ya no…

- ¡Adónde vamos a parar…!

Todos a mi alrededor, todos a la caza de mi asiento, mientras a los demás que van sentados nadie parece molestarles, y entonces yo debo pensar que soy el más indigno de los hombres, sea por mi edad o por mis pobres ropas, puesto que no merezco ir a mi trabajo sentado en el tranvía.

Aún así, no me levanto ni me levantaré nunca.Nunca.

Soy muy joven y aún no estoy cansado de nada. Trabajo sin entusiasmo, pero trabajo. Gano lo menos que se puede ganar, lo que me pagan. Pero mi asiento en el tranvía nadie me lo quitará.

A la vuelta, cuando cae la tarde, el viaje es más plácido, aunque yo vengo rendido. El sol no aviva y calienta a las calles ni a la gente, como en el viaje de la mañana, sino que las va enfriando y matando lentamente con sus destellos escarlata.

He dejado pasar todos los tranvías que van llenos, he dejado pasar a toda la gente de la cola, y por fin me he subido a un tranvía que lleva mi asiento. Nadie se da cuenta, pero yo espero, subo, me siento y luego viajo a gusto.

Y, sin embargo, también este tranvía acaba por llenarse.

Así que sube una señora que viene a por mí en cuento me ve sentado.

Es una de esas señoras que están seguras de que todas las cosas de este mundo y todos los asientos de los tranvías han sido hechos para ellas.

Viene arrastrando al niño, pero en cuento está a mi lado lo coge y se lo echa en brazos. Es un niño de cuatro, de cinco añazos, por lo menos.

Vuelvo a apoyar la frente en el cristal, miro a la calle. ¡Qué bonito, qué bonito…!

La señora sostiene al niñazo en sus brazos. La madre con el hijo, la mujer con la criatura, de pie en el tranvía justo al lado de un chalado que parece que no se entera ni pa Dios. Ya, ya me sé ese cuento.
Con que no me muevo y a seguir disfrutando.

Y noto lo de siempre, que todos me miran y me vigilan, me maldicen, todos en torno a mí, encima de mí. Y yo aguanto. Como si todos tuvieran derecho a mi asiento, como si los asientos de los demás fueran sagrados.

Nadie habla, todo el mundo pendiente d emi asiento, si me levanto o si me quedo sentado, mientras la madre sigue acusándome con la preciada carga encima.

Me pongo colorado, seguramente, porque soy joven y tengo la cara llena de granos, pero esto no tiene nada que ver, aunque a mí en el fondo me moleste y me avergüence un poco.

Sí que me fastdia, porque además resulta que siempre me ruborizo y se me notan mas los granos por la culpa de las mujeres, sobre todo cuando las miro y ellas me miran, o en casos como éste, en que al fin y al cabo lo que pasa es que hay asunto entre una señora y yo.

Y voy pensando acerca de las mujeres, mientras sigue el viaje del tranvía, sentadito y al sol: ellas nos disputan los puestos de trabajo, ¿o no?; ganan carreras y a veces nos cohíben, nos avergüenzan, nos hacen sentirnos insignificantes y salvajes; ellas nos gritan, discuten con nosotros, consiguen de los jefes cosas que nosotros no podemos conseguir.

Pero el niño, desde arriba, me está pegando patadas en la cabeza, no sé si por orden de su mamá, y me tengo que retirar un poco y aplastar aún más la cara contra el soleado cristal.

Cada vez hay más gente en el tranvía y más apreturas hacia mí.

Y una especie de hombre decente es el que empieza, como troas veces:

-Un poco de respeto, hombre – Todavía con cierta prudencia, aguantándose las ganas que tiene de reprenderme de otro modo-. ¿No ves aquí, a la señora?

Me concentro en el cristal, con el ceño fruncido, y no hago caso.
- Una señora de piem con un niño en brazos, y él sentado- Oigo a otra voz, que será la de ella, supongo.


Y nada, todo el mundo a mirarme ahora hostilmente, unos por encima de los hombros de los otros, poniéndose de puntillas y estirando el cuello.

- Vaya educación la de ahora- empiezan.

- Ya no es educación, se trata de sentimientos.

- Un poco de entrañas, debían tener por lo menos.

-Estos cuadros no se veían antes.

-Caballeros, que aún quedaban…

- Las nuevas generaciones…¡Míralas!
Etc, etc.

Con lo que ya empezaban a fastidiarme el placer del viaje y la contemplación del paisaje, porque estas cosas siempre afectan, aunque no quieras.

El hombre decente me dio unos golpes en el hombro, con la mano, y tuve que volverme.

- Que aquí la señora sigue de pie…-bajó la cabeza para hablarme, y al mismo tiempo miraba a los otros, que asentían.

Estaba más bajo que todos ellos, precisamente por ir sentado, y parecía que iban a comerme.

- Bueno- Le dije, y lo primero que se me ocurrió, lo más fácil-, pero aquí la señora vendrá de ver escaparates toda la tarde, y un servidos viene de dar el callo.

Se impacientó e hizo ademán de contener su santa indignación.

- Lo que hay que aguantar…lo que hay que aguantar…-y a mí lo que me pareció era que quería sentarse él.

Luego vino lo del teniente, que me dijo:

- A ti te querré ver yo en el cuartel, macho…Allí ya verás…

- A lo mejor no voy –le dije, como es la verdad, por lo de mi madre.

- ¿No te gusta?- se inclinó hacia mí con una sonrisa helada.

- No sé si me gustará;pero, desde luego, como pueda, no voy.

- Como yo te coja por mi cuenta, te voy a enseñar a sentarte y a levantarte cuando se te ordene.

El tranvía seguía su camino, parando en las paradas, y la gente se arremolinaba cada vez más a mí alrededor, mientras cruzaba calles y barrios.

- Te salva que yo aquí no tengo autoridad…-decía el teniente, y también los demás hacían comentarios, condoliéndose de la señora que aún iba de pie y con el niño en brazos.

Yo estaba casi llegando a mi parada, pero aún entonces salió otro que me quiso avasallar.

-No te pongas chulo, encima – me dijo-, que te hago levantar enseguida.

Tenía un bastón en la mano y parecía apoyarse en él por ese lado del cuerpo, mientras el otro lado lo colgaba del brazo que llevaba asido a una de esas correas de cuero.

Lo miraban todos, como yo.

-Te puedo obligar a levantarte –insistió -, ¿o es qué no lo sabes?

Eché un rápido vistazo a ver si era mi asiento el que tenía la plaquita metálica y me quedé tranquilo, sin pensar en moverme.

- Su asiento no es éste –le dije, con toda seguridad-; lo que pasa es que su asiento lo debe estar ocupando otro por ahí.

- -¡Yo me puedo sentar donde quiera! –gritó.

Él solo podía obligar a levantarse a uno que ocupaba el asiento que dice ``reservado para caballeros mutilados´´, y no me parece mal, pero el mío no era ése. De todos modos me callé y volvía a contemplar la calle, por que sé que esta gente en realidad puede hacer lo que le dé la gana, después de hacer hecho lo que hizo.

- hágalo levantar – le animaban por allí al señor del bastón.

- Y tápele la boca, hombre, que ya está bien.

- Lo que hay que oír a esa gente…¡mocosos!

- Esto ya es demasiado.

- Es lo último:un mutilado y una señora con un niño de pie, y el señorito sigue sentado…

Y yo es lo que pienso, mientras atravieso la ciudad: cojo el tranvía por que sé que tengo en él un asiento para mí, porque todavía quedan algunos asientos sin las plaquitas de propiedad para unos o para otros, porque me da igual lo que digan o piensen…;si no fuera así, o si llegara un momento en que así no fuera, lo que yo haría sería quedarme a morir en casa o tal vez, lo más seguro, montarme en el primer vehículo que me encontrara al paso sin esperar más colas ni preguntar nada a nadie. Esto es lo que voy pensando, cerca ya de mi parada, así como otras muchas cosas, dedicadas especialmente a toda esta gente que me quiere quitar mi asiento; cosas bastante sabrosas que algún día contaré, lo más seguro.

Están todos aún indignados y me miran con verdadero rencor, con desprecio, porque he hecho todo el viaje sentado, sin hacer caso de nadie ni dejarme amedrentar, y cuando el tranvía se detiene, lo que hago es enderezarme de mi asiento y pedirles permiso para salir. Así que me levanto y voy hacia la puerta, encorvado y cojeando, con la boca un poco entreabierta y los ojos extraviados, que les van recorriendo de arriba abajo mientras paso por entre ellos, y ese temblor de los brazos y las manos, débil como parezco y mal vestido, desgraciado de mí.

Entonces disfruto porque veo cómo sufren todos ellos, cuánto les hago sufrir y maldecidse, porque han venido acosándome durante todo el viaje e intentando obligarme a que me levantara de mi asiento, ¡ay!, hacerle eso a uno como yo… Escucho su repentino silencio, oigo los golpes de la sangre en sus corazones, que les hacen sentirse despreciables y malvados, tal como me e propuesto. Los veo mientras paso retorciéndome entre ellos y veo cómo empalidecen y les remuerde la conciencia, cómo se arrepienten, se duelen, se torturan, enmudecen y quedan inmóviles.

Salgo del tranvía, bajo torpemente, lastimosamente los dos o tres escalones y me arrastro casi hasta la acera. Allí me vuelvo y los miro de nuevo, los contemplo con detenimiento, esos rostros y esos ojos atormentados y culpables que me imploran, mudos, un perdón que no merecen ni pueden alcanzar.

Nos miramos fijamente y yo los acuso desde la acera, inmóvil y en silencio, hasta que las puertas se cierran de nuevo y el tranvía se pone otra vez en marcha.

Y ahora es cuando me echo a reír como un loco, estiro completamente los brazos por encima de mi cabeza, enderezo todo el cuerpo y empiezo a dar saltos de alegría y a pegar patadas al aire para que ellos me vean como soy, joven y sano, ágil y lleno de vida, libre y vengativo. Voy corriendo durante un rato al lado del tranvía, riendo, y gritando, dando saltos de uno o dos metros de altura, burlándose de ellos, humillándolos y enfureciéndolos cada vez más.

Todo estos es difícil que lo soporten sin odiarme ahora mucho más que cuando iba sentado en mi asiento del tranvía son levantarme para dejarles mi sitio ni hacerles ningún caso.

segunda-feira, 4 de maio de 2009

Reestréia em Salvador: "Mirante dos Astros"

Reestréia, em Salvador, espetáculo "Mirantes dos Astros"
Baseado no documentário "Estamira" de Marcos Prado

Nos dias 15 e 22 de maio, no Teatro Molière, Aliança Francesa, em Salvador, acontece curta-temporada do espetáculo "Mirante dos Astros", uma transposição para o teatro do premiado documentário "Estamira" do diretor Marcos Prado.


O monólogo conta a vida de uma mulher que trabalhou por mais de 20 anos no lixão do Jardim Gramacho, no Rio de Janeiro. Diagnosticada como doente mental, Estamira através de uma rica narrativa particular, mescla fluxos de consciência e inconsciência desafiando nossa capacidade de discernimento sobre a moral, a religião, os tratamentos psiquiátricos e os limites da realidade humana.

Em tom crítico e profético, o espetáculo imprime as dores de uma mulher marcada pela exclusão social. A encenação realizada pela atriz Inaê Sodré utiliza fragmentos do texto original trazendo a presença de Estamira ao palco. O cenário e a iluminação identificam a personagem ao seu mundo – o lixão.

A direção é de Valdíria Souza. O texto, o roteiro, a interpretação e o figurino ficam por conta de Inaê Sodré. O cenário nasce de uma ideia coletiva, unindo os signos trazidos pelo texto, interagindo com a iluminação de Marcos Fernandes. A produção é de Helder Maia e Daniela Fernandes.


Teatro Molière, Aliança Francesa – Avenida Sete de Setembro, 401 – Ladeira da Barra - fone: (0XX71) 3336-7599 – sextas-feras às 20h – nos dias 15 e 22 de maio.

Ingressos: R$ 20,00 (inteira) e R$ 10,00 (meia-entrada) - Duração: aproximadamente 50 minutos.

Mais informações com: producaoinaesodre@gmail.com / Helder Maia – fone: 8852-0134 – helderthiagomaia@hotmail.com e Daniela Fernandes – fone: 8888-5430 daniela.santana.fernandes@gmail.com